Por Felipe Zarruk
Periodista de La Cultural
El temblor dura 30 segundos, el del pasado 10 de agosto: más de un minuto. El miedo dura horas, días, meses, años. Será permanente. Se cae la luz, internet, el WhatsApp. Se cae todo lo que creíamos firme. Las edificaciones sismorresistentes se vinieron al piso, en cuestión de segundos. Y en medio del polvo y el silencio, suena algo bajito: Un transistor, una emisora. Una voz conocida o desconocida diciendo: “Tranquilos, estamos aquí”.Para eso sirve la radio. No sirve para el chisme, no sirve para el rating. Sirve para que cuando todo se viene abajo, alguien tiene que decirle a una ciudad que no está sola.
Cuando tiembla la tierra, la radio no se cae, ¡se levanta! Porque la radio no necesita cables, ni fibra, ni megas; necesita una batería, un micrófono y un corazón abierto, lleno de coraje y energía para informar, para decirle a los ciudadanos qué hacer, a dónde ir. Indica que ya llegan las ayudas, es una linterna en medio de la oscuridad, del polvo, del temor y del miedo ocasionado por un violento sismo.
En un terremoto, la radio es papá, es mamá. Además, es el vecino que le dice al ciudadano: “No corra, protéjase bajo la mesa”. Es el que le dice que no hubo tsunami, que no creas en la cadena de rumores; le avisa a su familia que usted está bien, sano y salvo, sin heridas. La radio le pone nombre a la angustia. “Fue en Los Santos, 5.8, a 150 kilómetros de profundidad”. Es cierto que la transmisión de malas noticias convierte el miedo en información. Y la información, cuando tiene veracidad, está comprobada con fuentes creíbles, se vuelve calma.
La radio ayuda en la búsqueda de los habitantes de una urbe. “¿Alguien sabe de la señora del tercer piso?” “¿Necesitan sangre?”. “Se cayó una casa, ¿necesitan ayuda?” Mientras otros graban para el video, para mostrar en redes la magnitud de la tragedia, la radio sirve como apoyo, se convierte en la mejor compañía; escuchar a alguien en esos momentos, ¡es vital!
Para eso sirven los medios como la radio, tan despreciada en los últimos tiempos. No es un medio de comunicación para pelear por política ni para insultar. Sirve para abrazar sin tocar; para decirle a una abuela que su nieto la escuchó y ya va para la casa. Para decirle a una ciudad entera: “Aguanten, que aquí estamos. Las ayudas están por llegar”.
Yo he escuchado a varios locutores con la voz quebrada; técnicos que no se fueron a ver a su familia por quedarse al aire y mantener viva la esperanza. Eso es periodismo, eso es comunicación social. El temblor pasa, pero lo que dice la radio se queda, ya que genera confianza.
Por eso, que no nos quiten nunca la radio. Ya varias cadenas que llegaron a tener más de 120 emisoras en todo el país, redujeron de manera considerable sus estaciones radiales, porque las vendieron; tal vez consideraron que la radio es obsoleta, que nadie la escucha: “Lo que priman son las aplicaciones, el mundo cambió, ya nadie escucha radio”. Qué equivocados están los jóvenes empresarios de las viejas cadenas radiales.
Nosotros nos hemos mantenido como emisora, convocando, uniendo, transmitiendo las cadenas de solidaridad de nuestros ciudadanos bumangueses. Porque el día que tiemble duro, cuando todo falle, ahí va a estar el 100.7, el dial de La Cultural, la voz de todos los días, diciéndonos lo que necesitamos oír:
“Tranquilos, estamos vivos. Y de esta, vamos a salir juntos”.