
Nixon Uribe – Periodista
Transitar en vehículo por las convulsionadas calles y carreras de Bucaramanga es una experiencia amarga de la que todos se quejan pero nadie actúa. Los trancones, que no se equiparan con los de metrópolis como Medellín o Bogotá, generan caos y traumatismos en las proporciones de una ciudad de vías angostas sobre una extensión de 162 kilómetros cuadrados. En semáforos e intersecciones el paisaje es el mismo todos los días: insultos, sudor, estrés, impotencia y una frase que me ha quedado grabada en la mente “Bucaramanga se quedó pequeña para tanto carro” y es que entre más la escucho más quiero desmentirla, no con apasionamientos ni dogmas, sino con los grises de una visión humanista.
Bucaramanga no se quedó pequeña, porque su progreso o avance no se mide en el número de vehículos transitando, lo pequeño del asunto, es la poca capacidad de raciocinio y sensatez de sus habitantes que con presiones consumistas ven en la compra de un vehículo su realización personal ¡el libre mercado no es un delito! señalarán algunos, pero a los niveles que hemos llegado ninguna ciudad aguanta.
Hoy en la capital de Santander y su área metropolitana hay más de 760 mil carros y motos, una cifra que casi supera al número de población censada, lo que traduce en que hay un automotor por cada dos habitantes y que la ciudad se ahoga en monóxido de carbono, gas tóxico que emiten los motores y que generan anualmente al menos dos episodios críticos de contaminación por la aparición de micropartículas que van directamente a los pulmones.
La ciudad estaría perdiendo competitividad por ser inviable en materia de movilidad. Solo basta con detenerse en vías como las carreras 33 o 27 y fijarse en cuántos conductores van solos en sus carros, un acto que podría parecer egoísta con el medio ambiente y que carece de pensamiento colectivo, los ciudadanos con su constante desconfianza no comparten el vehículo con el vecino y mucho menos contemplan subirse al transporte público, aunque la excusa para no hacerlo es válida, el transporte integrado no existe en la ciudad y el Metrolinea “estrato 5” nunca llegó, ni a hoy se sanearon sus finanzas, el sistema cada vez pierde más usuarios y la última medición del Dane arrojó que en el primer trimestre de este año un 39% menos de pasajeros se montaron a los buses verdes en comparación con el periodo anterior.
Dentro de las propuestas que se debaten en esquinas o conversaciones casuales con los conductores de taxi y bus, aparece el temido pico y placa de 4 dígitos que finalmente podría incentivar la compra de más vehículos, o el refuerzo de las cuadrillas de instaladores de cepos para los mal parqueados, una bomba de tiempo para una sociedad intolerante y que vive afanada.
En ciudades como Madrid en España pronostican que el 2030 aumenten los viajes en transporte público, y que el uso de carro privado decrezca en un 10% siendo el 46% de la totalidad de los viajes, el restante será ocupado por buses eléctricos, taxis y bicicletas, según los cálculos en ocho años se daría un punto de inflexión para que la movilidad sea más sostenible, pero en Bucaramanga ¿cuándo llegaremos a ese punto?
Bucaramanga merece un mejor transporte público, que sea atractivo a los ciudadanos, pero los ciudadanos deben asumir la mayor responsabilidad y es frenar el caos y el individualismo que empequeñece la cultura de una ciudad que tiene todo para ser grande.


